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¡Deben hacerse sacrificios!


La historia nos enseña los nombres de los que creemos fueron ingeniosos inventores, pioneros en la creación de ingenios originales que sorprendieron al mundo. Para ellos es, pues, el reconocimiento y la gloria; pero no siempre el mérito. La historia, a veces tan ignorante, solo muestra lo que sabe (o quiere saber) y decreta sobre la autenticidad de descubridores que, conscientemente o no, usurpan los derechos de autor (a estas alturas meramente honoríficos, aunque no sea poco) a otras personas desconocidas pero, esas sí, auténticos pioneros. Voy a contaros un caso que, por tener que ver con la historia de la ciencia en nuestra acomplejada España, hace más necesario su conocimiento. En otros países ya se hubiera removido Roma con Santiago para reivindicar la autoría de la construcción del primer prototipo de máquina voladora tripulada: ni más ni menos que el avión.

El humano anhelo de volar ha hecho caer en tierra, descalabrados, a infinidad de iluminados, visionarios, dementes y, curiosos. El tercer elemento ha sido el que más tarde fue dominado por el ingenio humano Y no fue hasta el s.XIX que se consiguió una máquina eficiente para surcarlo.
Pero en el camino los intentos documentados se cuentan por centenares.  Icáro y Dédalo, aunque en el territorio de los mitos, ya lo intentaron perdiendo sus alas al derretirse la cera que sujetaba sus  plumas por el calor del sol. Pero los humanos no cejaron en el empeño y siguieron intentándolo. En el 400 a.C. el peristeras (paloma) del griego Arquitas de Talento ya era capaz de impulsarse a 180 m. de altura utilizando un chorro de aire mediante un procedimiento desconocido. En la antigua China el general Zhuge Liang utilizaba un globo llamado "Linterna de Kong Ming" (probablemente impulsado por aire caliente a modo de un farolillo de papel) que asustaba a las tropas enemigas desde lo alto del cielo por la noche. Hacia el 300 a.C. se inventó la cometa (que puede considerarse un tipo de planeador) y hacia el año 553 ya existen documentos que describen el empleo de cometas tripuladas por seres humanos. En el imperio romano hasy constancia del lanzamiento de esclavos y niños emplumados desde altas torres esperando que, quizás, encontraran la forma de volar antes de estrellarse desparramando sus entrañas por el suelo. En la china imperial Yuan Huangtou, hijo de un emperador caído en desgracia, fue obligado a experimentar como pasajero de una cometa consiguiendo sostenerse durante una buena distancia y traspasar las murallas de la ciudad. En el año 852 el andalucí Abbás Ibn Firnás, se lanzó desde el minarete de la Mezquita de Córdoba con una enorme lona para amortiguar la caída, sufrió heridas leves, pero pasó a la historia como el precursor de los modernos paracaídas. 27 años más tarde repitió con un diseño mejorado consiguiendo mantenerse varios minutos en el aire aunque el aterrizaje (la maniobra más peligrosa en cualquier vuelo) se saldó con las dos piernas rotas. En 1010 el monje benedictino  Eilmer de Malmesbury recorrió más de 200 metros con un dispositivo similar. En el 1290, el monje inglés Roger Bacon, escribía sobre las propiedades del aire como un fluido similar al agua por lo que establecía la posibilidad técnica de "navegar" sobre él. En el renacimiento, hacia 1490; el genial Leonardo Da Vinci, dibujaba prototipos de máquinas voladoras que, aunque no se pusieron en práctica, aportaban soluciones técnicas muy interesantes. 

En el siglo XVIII ya hay constancia del uso de aerostatos (globos de aire caliente): el "passarola" de 1709 del portugués Bartolomeu Lourenço de Gusmão es el más conocido y logró elevarse unos 6 metros del suelo. Emanuel Swedenborg, publicó en 1716 el esbozo de una máquina voladora que ya incluía un prototipo de hélice (una fuerte barra en espiral, la denominaba) en movimiento para la sustentación. En 1789, dos franceses realizan el primer vuelo en un globo cautivo creado por los hermanos Montgolfie. Entonces empezó a pensarse en utilizar globos para invadir países enemigos (Napoleón ya lo tenía en cuenta para invadir Inglaterra)., En el siglo XIX, en 1852, el ingeniero francés Henri Giffard inventó el dirigible.

Dominando ya el uso de apartos más ligeros que el aire para ganar altura, empezó a plantearse el uso de máquinas más densas que el mismo. Se pasó a experimentar sistemáticamente con planeadores (con sustentación y desplazamiento, pero sin impulso propia), se trataba de aprovechar la altura conseguida mediante el ascenso a posiciones altas (montañas, por ejemplo) para realizar descensos controlados. 1799, el inglés George Cayley construyó planeadores con timón capaces de realizar vuelos cortos. En 1856 el francés Jean-Marie Le Bris realizó el primer vuelo que planeó más alto que su punto de despegue, para ello utilizó el empuje de unos caballos al galope por la arena de la playa. En 1866, un campesino y carpintero polaco llamado Jan Wnęk construyó y voló con un planeador controlado adosado a su cuerpo y se lanzó desde la torre de la iglesia a una altura e 95 m. Frank Wenhamen 1871 inventó el túnel de viento para probar su idea de que la sustentación mediante alas fijas, finas y largas, dotaban de más sustentación que los procedimientos tradicionales...

Desde estas fechas, a pocos años, se producen avances y pruebas con prototipos cada vez más eficientes.

El alemán Otto Lilienthal en 1891 fue capaz de hacer vuelos sustentados logrando recorrer más de 25 metros, mejorando intentos anteriores que presentaban resultados inestables. El alemán documentó rigurosamente su trabajo, incluso con fotografías, Lilienthal realizó con éxito varios vuelos hasta 1896, año en el que falleció a resultas de un accidente aéreo donde se partió la columna vertebral: sus últimas palabras antes de morir fueron: "¡Deben hacerse sacrificios!".

Y sacrificios tuvieron que hacerse muchos antes de hacer realidad el sueño humano de volar como los pájaros. 

Pero en el camino, como vemos, muchas más veces hollado de lo que uno se puede imaginar, la historia olvida citar (por desidia o desconocimiento) a  muchos otros. Así por ejemplo, los niños de la escuelita de Coruña del Conde, en Burgos; debían estudiar hasta no hace mucho tiempo que los inventores del avión eran los hermanos Wright, en 1903, sin conocer acaso jamás que un antiguo paisano suyo, 110 años antes, había construido y pilotado un aparato más pesado que el aire, que logró recorrer más de 300 metros antes de aterrizar por problemas técnicos al lado de un arroyo.Su historia es tan fabulosa que se ha rodado incluso una película sobre el hecho.    


Todo comenzó con un chicuelo que recorría los páramos burgaleses observando cuanto la naturaleza le mostraba en sus andanzas de pastorcillo, ausente de la escuela (¿le suena a alguien el paralelismo con otro gran personaje burgalés llamado Félix?). El caso es que David,  que así se llamaba el zagal, pasaba las horas muertas estudiando el vuelo de las aves y discurriendo sobre la manera de imitarlas. Cuentan que el chico estaba dotado de un extraordinario talento natural y que, sin que nadie le diera clase alguna de mecánica o ingeniería, con once años fue capaz de idear mecanismos que mejoraron notablemente el rendimiento de los batanes del cercano río de Arandilla, y después, máquinas muy eficientes para fabricar paños e incluso diseñó una sierra mecánica para serrar el mármol de la cantera del Espejón. Es posible imaginar que podría tener  una vida desahogada aprovechando sus habilidades mecánicas y su ingenio, pero una idea le obsesionaba desde chiquillo: conseguir volar como las aves. El viejo sueño de la humanidad había prendido en él haciendolo el centro de su pensamiento y de sus ocupaciones. Dedicó todo el tiempo posible a estudiar minuciosamente las características del vuelo, se aprovisionó de centenares de águilas y buitres en los alrededores registrando el peso de las plumas (que extrapolaba a la envergadura de las alas), poniéndolo en relación con su peso corporal. Así que llegó a sus propias conclusiones aerodinámicas sin conocimiento académico alguno pues desde su pueblecito de Coruña del Conde era imposible haber accedido a los estudios previos realizados por otros pioneros del vuelo. Así, antes de los cuarenta años había acometido el diseño de un aparato volador. Con las ingentes cantidades de plumas acumuladas y la ayuda del herrero del pueblo construyó un aparato a base de varillas metálicas y plumas. En 1793 su “pájaro” estaba listo. Se trataba de una especie de planeador de unos ocho metros de envergadura  y cuerpo de más de cuatro. Toda la superficie la constituían plumas y, en las alas, contaba con alerones controlados mediante manivelas. La cola, podía orientarse por medio de dos estribos. Este “avión” tan grande no podía ser manejado por una sola persona, así que, el día del despegue, Diego pidió ayuda a algunos amigos: como Juan Barbero (el herrero que colaboró con él) y su propia hermana.
Diego se enfrentó al desafío con una confianza pasmosa. Estableció un plan de vuelo que comunicó a su amigo herrero antes de despegar: "Voy a Burgo de Osma y desde allí a Soria, y no volveré hasta pasados ocho días. Adiós." La loca idea del vuelo, que seguramente ya conocía y disgustaba al vecindario, hizo que se preparara en secreto. Eligió una fecha de condiciones meteorológicas adecuadas y con la claridad de la luna como aliada se dirigió sigilosamente hacia el punto elegido para el despegue situado en el cerro al pie del castillo de la localidad. Allí sus acompañantes en secreto le ayudaron a montar el aparto y se despidieron. Las crónicas que se conservan nos cuentan que tuvo un despegue exitoso y que, aprovechando la altura de 30 m. que le brindaba el cerro logró recorrer 431 varas castellanas (algo más de trescientos metros) antes de caer, resultado ileso, debido a la rotura de un perno en el ala derecha que le llevó a maldecir al herrero mientras este acudía en su auxilio. No se desanimó Diego con el accidente y rápidamente se puso con el herrero a diseñar algunas soluciones para reforzar los pernos y otros detalles a mejorar que pudo observar en la experiencia. Sin embargo, la noticia del intento transcendió en la localidad y las buenas gentes rompieron el artefacto. Diego que sintió sobre sí mismo la sensación de volar sabía que el primer paso estaba dado y que sólo necesitaba perfecionarlo: sus hipótesis eran válidas, era posible seguir trabajando pero lo conseguiría. Cuando se dio cuenta de que no permitirían que continuara trabajando en su aparato no pudo luchar contra su frustración. La melancolía le llevó a una muerte temprana a los 44 años, sólo algunos años después de su intento. 
Esta fascinante historia ocurrió el 15 de mayo (día de luna llena) de 1793, mucho antes que otro famosos intentos mucho menos espectaculares. Los estudios realizados en base a los datos que tenemos indican que Diego pudo construir un especie de planeador de un peso conjunto con el piloto de unos 100 Kg; con una envergadura de  unos 14 metros cuadrados (se necesita un metro cuadrado de superficie de sustentación por cada 7 kg.) en vuelo de planeo con ángulo de unos 4º (que se puede comprobar sobre el terreno citado) y con una velocidad frontal del viento necesaria de, al menos, 6 m/s. Se citan, además, claros detalles de mecanismos de dirección e incluso de batida de partes del aparato.

Por las circunstancias, por la distancia recorrida, por las características de su experimento y su diseño; Diego Marín Aguilera puede considerarse un pionero muy adelantado a muchos otros más famosos y conocidos padres de la aviación. 

Y yo, de Burgos de toda la vida, y sin enterarme. ¿Cuántos más impostores enmascaran a los auténticos innovadores los libros de historia? 

NOTAS: 
En este enlace encontraréis el estudio más detallado que he encontrado sobre esta historia: El secreto de los pájaros. Lo escribe en su blog Francisco Escartí. En dicha página tenéis una colección completísima de enlaces sobre la misma.  

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