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Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospecha tu filosofía.


Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospecha tu filosofía.
Hamlet, Acto 1 Escena 5

En esta obra, la más profunda de Shakespeare, Horacio y Hamlet -estudiantes en la Universidad de Wittenberg- conversan sobre quienes somos y cuánto sabemos. Horacio estudia Filosofía Natural (lo más parecido a la "ciencia" de aquellos tiempos). Con la arrogancia que caracteriza a algunos estudiantes cree que el Universo está bien conocido y entendido. Hamlet, en cambio, no está tan seguro...

El mundo ha cambiado mucho en estos cuatrocientos años. Las realidades descubiertas por la ciencia han eclipsado la más exhuberante imaginación de cada época. Tan solo algunos genios proféticos idearon la posibilidad de la radio, el teléfono, la TV, el automóvil, los viajes espaciales... Y, a día de hoy, al igual que nuestro universo, las cosas que no sabemos parecen expandirse hasta límites infinitos. Siendo mucho lo que sabemos ya, es infinitamente menor de lo que nos falta por descubrir.

Asistimos, fascinados, a nuevos y espectaculares descubrimientos a diario. No pasa un solo día en que, al ojear las páginas de los periódicos, no encontremos algún avance deslumbrante, un conocimiento reciente o una teoría seductora. Este tiempo que nos toca vivir es apasionante desde el punto de vista de la ciencia. Nunca se había avanzado tanto ni tan deprisa. Por la ciencia merece la pena vivir, por ella sentimos dejar esta vida: hay tantas cosas maravillosas que nos son puntualmente reveladas... Personas en buen parte impedidas y de vida aparentemente miserable como Stephen Hawking encuentran pleno sentido a su existencia en el estudio de la ciencia. Oliver Sacks, neurólogo y escritor británico recientemente fallecido explorador de la mente y la tolerancia, confesaba poco antes de morir que le encantaría saber, si nuestra especie todavía existe, en qué situación se encuentra la ciencia del cerebro en el año 2050... En su testamento intelectual declaraba:
"Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura."
Y son tantas, y tan maravillosas, las cosas por descubrir y se nos revelan desde rincoces tan insospechados de la naturaleza que declaro sin rubor que es un crimen extinguir especies, contaminar ecosistemas, relegar la investigación espacial, menospreciar a los científicos, ignorar la ciencia pura y abstracta... porque con seguridad está en ello la solución a muchos de los problemas de la humanidad.

Son asombrosos los descubrimientos a partir de la biónica (soluciones biológicas a problemas de tecnología e ingeniería, aprovechando soluciones evolutivas de los organismos vivos): anticongelantes a partir de los peces de zonas polares que los sintetizan para no congelarse, el diseño estructural de aviones y barcos a partir de las eficientes formas fusiformes de aves y peces...); o deslumbra la inmensa farmacopea de la selva amazónica; o asombran las sorprendentes propiedades de materiales nuevos o de fuera de nuestro sistema solar, las soluciones biológicas a partir de virus y bacterias, etc. Hoy en día, el científico, ha de gozar de un estatus privilegiado: sus aportaciones son útiles (a corto o a largo plazo), su investigación apasionante (auténticos argumentos de novelas de misterio) y su rentabilidad tecnológica y económica probada (los pagos por patentes deparan cantidades enormes).

La última, casi mágica, revelación científica ha tenido por protagonista a un pequeño crustáceo (de uno a varios milímetro de largo) emparentado con los camarones que tiene la propiedad de hacerse visible-invisible a voluntad. Al igual que la "capa de la invisibilidad" de Harry Potter, o el "hombre invisible" de H.G. Wells, o el exoesqueleto artificial de "Predator"; este copépodo brilla con un hermoso color azulado, semejando una joya cuajada de minúsculos diamantes (los japoneses llaman "agua enjoyada" a la acumulación de miles de estos diminutos seres que se produce ocasionalmente en el mar), pero de cuando en cuando, los machos de esta minúscula especie giran su espalda hacia la luz en un ángulo de 45 grados a la vez que realizan una maniobra de natación en espiral, entonces la longitud de onda de la luz reflejada sale del rango de luz visible y pasa al ultravioleta invisible: "El zafiro azul desaparece y solo, fijándose uno muy bien, advierte un leve oscurecimiento entre la absoluta transparencia del agua.

Es como el secreto de la capa de invisibilidad pero al revés. Lo extraordinario aquí es que su diminuto cuerpo es normalmente transparente y por tanto invisible, pero la disposición de las placas de guanina que cubren el cuerpo de los zafiros de mar se amontonan en matrices periódicas increíblemente precisas y cuando el animal modifica casi imperceptiblemente la separación entre esas capas determina los colores iridiscentes que presenta: amarillo, azul o morado, según el espacio que hay entre esas placas, controlado por una fina capa de material celular que las separa.


Hay más cosas en el cielo y la tierra (y el mar) amigo Horacio, que las que imagina tu filosofía. 

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