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El árbol del bien y no del mal.


Existe en el Museo Británico un sello sumerio llamado "El cilindro de la tentación". Su fabricación está fechada en torno al 3.500 a.C. Los sellos eran cilindros perforados para poder ser llevados al cuello y girados como un rodillo para imprimir sobre la arcilla blanda figuras en relieve, cuyas dimensiones oscilaban entre los 3 y los 12 cm. de altura y los 2 y los 5 de diámetro. En ellos se representaban escenas variadas de tipo animalístico, religiosos o de interés público. En este caso, se presenta a un hombre y una mujer separados por un eje simétrico, el Árbol de la Vida. Los logros de las civilizaciones de la vieja Mesopotamia no dejan de sorprendernos: Desde el origen del Hombre que atribuyen a extraterrestres, con mediación de mensajeros -dioses- del planeta viajero Niburu, pasando por sus extraordinarios avances sociales, bélicos, arquitectónicos, agrícolas, matemáticos, astronómicos, etc. Gracias a la traducción de sus tablillas de arcilla se va conociendo su historia, religión, gobierno y conocimientos científicos que no dejan de asombrarnos. Ahora se sabe ya con certeza que partes muy significativas de los textos bíblicos (principalmente del Génesis) están muy influenciados o directamente copiados de su religión o sus leyendas: la creación del mundo, la aparición del primer hombre -Adán-, el Jardín del Edén, el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, la serpiente, el diluvio universal, la historia de Moisés... No debemos olvidar que los hebreos estuvieron presos en Babilonia durante unos cincuenta años y ese supone dos o más generaciones conviviendo con aquella civilización.

Nuestro sello es enormemente sugerente respecto al mito bíblico de la tentación. Dice la Biblia (Génesis 2:16-17) "Y ordenó el Señor Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás." No hay ejemplo mejor del la temor de la religión por el libre conocimiento de sus fieles que este pequeño cuento bíblico. ¡Pero cómo no va a querer el hombre (y la mujer, naturalmente) conocer! ¡Si la curiosidad está insertada en nuestros genes como especie y si, al fin y al cabo, es lo que nos ha hecho crecer y llegar a donde estamos!

Si Dios existe, no puede ser un Dios de los ignorantes. Aquel que acaso nos creó nos hizo curiosos, así que debe desear que investiguemos, conozcamos, busquemos respuestas... Todos los árboles del Jardín del Edén, ¡seguro!, eran Árboles de la Vida, Árboles del Conocimiento del Bien y del Mal, y uno sólo, el de la tentación, el situado en medio del Paraíso, era el Árbol de la Ignorancia.Cuando Eva y Adán comieron de él, se sintieron avergonzados de su desnudez. ¿Por qué? - Porque ya no comprendían.

San Agustín, personaje que la Iglesia Católica considera santo, utilizó estas palabras para referirse a la curiosidad:
“Existe otra forma de tentación; aún más cargada de peligro. Esa es la enfermedad de la curiosidad. Es ella la que nos impulsa a tratar de descubrir los secretos de la naturaleza; esos secretos que están más allá de nuestro entendimiento, que no nos proporcionarán ninguna ventaja, y los cuales el hombre no debería desear aprender”
"De esta enfermedad de la curiosidad nacen los embaimientos que se hacen en los juegos de manos: De aquí nace el querer conocer los secretos de la naturaleza: que ella obra sin nosotros: y aunque el saberlos no aprovecha en nada, ninguna cosa desean más que saberlos" (Según traducción de la obra: Confesiones del glorioso doctor de la Iglesia San Agustin  y traducidas del latín al castellano por el P . Pedro de Rivadeneyra)
No hay que añadir explicación alguna para darse cuenta de las intenciones oscurantistas de la religión en cuanto a la curiosidad y la ciencia.

En el pensamiento popular han calado hondo estos  prejuicios sobre la negativa a experimentar. Dice un conocido refrán popular: "La curiosidad mató al gato" y se aplica, con frecuencia, a los impulsos experimentales de los niños (a veces, eso sí, alocados y peligrosos); pero nuestro deber es aprender a manejarlos, no negarlos por sistema. Quiero hoy rendir un homenaje a los niños curiosos. La curiosidad es una de las cualidades más humanas, más creadoras, más progresistas... la falta de curiosidad ha alimentado lo peor de las religiones, lo peor de la magia... Invito a todo el mundo a comer de la manzana del árbol del bien y del mal.

Me encanta la gente curiosa, me fascinan los niños preguntones, los incansables y pesados inquisidores. Me emocionan las miradas expectantes, las manos manipuladoras, los pies exploradores, los oídos atentos, las lenguas dispuestas, las narices husmeantes... Siento natural simpatía por las mentes viajeras, las imaginaciones desbordantes, los lectores  tenaces, los artistas, escritores, músicos, cocineros, actores...

Hay gente que necesita del encanto, de la magia. No quiere saber nada de los trucos del mago,  ni del secreto del hechizo del brujo. Si un día lo descubriera se sentiría "desencantado". Los magos  perderían su admiración, los brujos su poder, los poderosos su fuerza, los políticos su influencia, los sacerdotes su fe: mejor fomentar la ignorancia del otro, mejor engañarle sobre el veneno que entraña el fruto del árbol de la sabiduría.

¡Claro que curiosear entraña peligros! ¡y andar!, ¡y estarse quieto!, ¡y comer! ,¡y no comer!... Vivir es  peligroso. Pero no vivir lo es aún más: es certeza de haber sucumbido. Y la curiosidad salva vidas. Si el gato no es curioso no caza ratones: ¿Dónde los encontraría? No aparecerán delante de sus hocicos como por "arte de magia". Que "¿el gato gazorito se quemó el hocico?": puede ser; pero el que no lo fue se murió de hambre.

La curiosidad es agua paradógica: a cada sorbo sentimos más sed. Sócrates, un gran curioso, afirmaba: "sólo sé que no sé nada". Cada respuesta multiplica las preguntas; pero cada respuesta libera. ¡Cuán feliz es el ignorante que cree que lo tiene todo porque ignora todo lo que no tiene!

Los sabios se  preguntan por el sentido de la vida:
¿Quienes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?...
y los más curiosos:
¿y porqué preguntamos?

Yo me presento ante el árbol de la Vida con mis lista de preguntas de respuestas imposibles (no conocidas):
- Necesito saber con urgencia si el mal es realmente necesario. Exijo respuesta para poder administrar perdones.
- Me gustaría saber si es necesario crucificar para salvar. Quizás esto me ayude a entender un poco las Procesiones de esta Semana Santa.
También quiero saber si un niño puede ser malvado. Y, por supuesto, construir un medidor de maldades, pues la ética y la moral cambian con la sociedad, la cultura, la edad, la inteligencia, la enfermedad...

Y tengo otras mil curiosidades, juegos de la verdad casi divertidos:
- Quiero saber si los peces lloran.
- Por qué el abuelo del nuestro más fiel amigo el perro -el temido lobo- tiene tan mala fama siendo como es tan social, afectivo, valiente y cooperante cazador.
- Querría que me explicaran por qué no podemos respirar por la nariz con la lengua fuera.
- Conocer algún método de contar si tenemos algún pelo de tonto (inventar una manera de contar el cabello sería un buen concurso de ideas).
- Por qué siempre va más lenta la fila de al lado en los atascos de tráfico...

Quiero conocer, destripar los objetos de la vida y entender sus entrañas, mirar a los ojos de mis semejantes y comprender sus motivos... Quiero hartarme de manzanas del árbol del Conocimiento del Bien y del Mal.

Comentarios

  1. Me ha gustado mucho como lo has descrito!
    Coincido contigo, entre más curioso más vida hay.

    Saludos =))))

    ResponderEliminar
  2. La curiosidad es uno de los motivos más poderosos en mi vida.

    ResponderEliminar

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