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La Biblioteca de Alejandría

331 a.C.


Alejandro recordaba la Odisea. Esta epopeya había sido su libro de cabecera desde los 13 años en que su maestro Aristóteles la puso en sus manos. Aún recordaba una enigmática frase de su autor Homero en el libro: "Hay a continuación una isla en el mar turbulento, delante de Egipto, que llaman Faros". Ahora estaba allí, tras haber conquistado Egipto el año anterior, fijando en la isla citada aquella mirada bicromática que tanto incomodaba a sus visitantes. Faros, se alzaba enfrente de la costa. - Un dique que la uniera con Tierra -pensaba- formaría dos magníficos puertos. Sería una base estratégica para los barcos que llegaban del Mediterráneo y de más allá de las columnas de Hércules cargados de ricas mercancías: lingotes de bronce y de oro de España, barras de estaño de Bretaña, algodón de las Indias, sedas de China. Previó un grandioso faro en la isla para guiar a los navegantes y lo imaginó con un gran fuego permanentemente alimentado en su cúspide. En su cabeza tomaba forma una de las siete maravillas del mundo antiguo. El lugar, además, estaba en una posición óptima para recibir el tráfico del Nilo: lo suficientemente lejos  para no ser afectada por las crecidas anuales y lo suficientemente cerca para comunicarse fácilmente con su desembocadura en el delta mediante un canal y el lago Mareotis. Él mismo marcó con harina los límites de la ciudad con una silueta en forma de manto macedónico. 

Cuando Alejandro marchó a continuar su guerra contra los persas dejó aquel emplazamiento sumido en  obras gigantescas para dotarle de una larga avenida de seis kilómetros, agua canalizada, calles en escuadra, barrios agrupados en cuadras, cinco grandes distritos... Se percibía ya la futura opulencia de aquella ciudad que tomó su nombre. También recibió su cuerpo raptado en su funerario viaje a Macedonia por Ptolomeo y enterrado en un mausoleo del que se ha perdido la pista.



306 a.C.

Alejandro Magno murió el 10 de junio del año 323 a. C. en Babilonia y, para desesperación de sus subalternos, no dejó claro quién heredaría su inmenso imperio. Poco antes de morir, al parecer envenenado, y ante las preguntas apremiantes de sus generales sobre quién habría de sucederle, sus labios pronuncian una enigmática frase: "el más fuerte". Tras expirar, aquellos jefes guerreros se pelearan por mostrarse los mejores. Finalmente decidieron repartirse su imperio. Ptolomeo, uno de los diádocos (generales que sucedieron a Alejandro), recibió el mando de Egipto y designó Alejandría como su capital.
Ptolomeo había demostrado ser un buen general, pero no era peor como gobernante. La ciudad prosperó. Pero lo que le significó sobre el resto fue su preocupación e interés por el conocimiento. Siguiendo las costumbres de Alejandro (que enviaba a su antiguo maestro y tutor Aristóteles, todo tipo de objetos y animales exóticos para que los estudiara) mostró un gran respeto por el saber y construyó en las cercanías de su palacio un museo que incorporaba un zoológico, un jardín botánico, laboratorio, observatorio astronómico, salas de anatomía y una biblioteca. 
    

215 a.C.


El anfitrión designado para acogerles recibió a los sabios atenienses en la puerta del museo. Habían llegado en barco desde la capital de Grecia para estudiar en las magníficas instalaciones de la Gran Biblioteca de Alejandría. Acompañó a los ilustres visitantes hasta los baños y les invitó a que se asearan y relajaran allí. Vendría a por ellos dos horas después para conducirles a la cena a la que estaban, por supuesto, invitados. El propio faraón Ptolomeo corría con los gastos de manutención y alojamiento de todos aquellos que demostraran aprecio por el saber. El gran comedor abovedado estaba en esos momentos atestado de maestros y estudiantes. Cuando entraron recibieron centenares de miradas curiosas. 
- ¡Aquel es Arquímedes de Siracusa, inventor del "tornillo" para subir agua y el estudioso de una palanca que moverá el mundo!- musitó un anciano maestro.
Eratóstenes, el bibliotecario jefe, se acercó a recibirles. 
- ¡Mi buen Arquímedes... No sabes lo impaciente que estamos por que nos cuentes tus descubrimientos con los espejos cóncavos! Hemos oído maravillas. ¿Habéis traído los rollos que os pedimos de la biblioteca de Atenas? Tengo advertidos a nuestros mejores copistas que se pongan a reproducirlos lo antes posible...

Su anfitrión  les acercó a una de las mesas para los invitados. En ella estaban sentados en bancos corridos un grupo de sacerdotes egipcios, algunos capitanes fenicios y varios sabios provenientes de la lejana satrapía de Bactria, del lejano Indú Kush,  en los confines orientales del imperio. Hizo las presentaciones oportunas y, tras sentarse, se prepararon a cenar alegremente en aquel entorno estimulante. Durante la cena, la conversación se desarrolló en griego. En Egipto todo el mundo era bilingüe, pero el griego era el idioma universal del imperio. Los sacerdotes explicaron que estaban invitados a impartir una serie de conferencias sobre anatomía y embalsamamiento. Tenían un apretado calendario en los próximos días donde expondrían con ayuda de papiros ilustrados las misteriosas técnicas que se empleaban en la casa de los muertos. Habían incorporado a su equipaje varias sustancias como el natrón, cuyas propiedades pensaban dar a conocer y portaban una colección de herramientas muy curiosas cuyo uso explicarían. Les habían reservado el salón de anatomía para que mostraran sus conocimientos anatómicos sobre el cadáver de un criminal ejecutado cuyo cuerpo estaría a su disposición. Los capitanes fenicios asistían caricontentos a la velada.  Sus barcos habían sido retenidos a la fuerza en el puerto y debían esperar en Alejandría a que los copistas de oficio copiaran el contenido de los libros que portaban. Como consuelo, y excepción, se les permitía consumir vino lo que terminó por alegrarles y hacerles olvidar la espera. Aprovechaban mientras tanto para conversar con el bibliotecario Eratóstenes y contrastar datos geográficos de los que eran muy fiables conocedores. Como compensación Eratóstenes les regaló un preciso mapamundi, copiado expresamente para ellos, de entre los fondos de la biblioteca. Los eruditos provenientes de Bactria tenían mucho que contar sobre las fascinantes culturas del valle del Indo, que ellos habían visitado así como los pueblos de China, tras el Himalaya que tenían sorprendentes conocimientos técnicos y matemáticos. Los capitanes fenicios les mostraron un interés casi exclusivo por las habladurías sobre Roxana, la bella mujer bactriana con la que se casó Alejandro, y les preguntaban guiñando el ojo si todas las mujeres de la región eran igualmente hermosas.

El fuerte sonido del salpins, provocado por el fuerte soplo de un esclavo,  dio  por terminada la animada charla. Los comensales de más categoría se dispusieron a pasar a una amplia estancia  acondicionada para un espectáculo musical. Un nutrido grupo de esclavos se repartieron sobre las mesas recogiendo los restos de la cena.  En la sala dedicada al arte de las musas (La Mousiké) estaban ya los músicos preparando sus instrumentos. Ser murmuraba que el propio Ptolomeo III acudiría esa noche a las instalaciones del museo para admirar el nuevo órgano hidráulico diseñado por Herón.
El concierto se inició con un solista, un reputado tocador del aulos. La destreza de este músico sobre su largo instrumento de viento de medio metro y 15 agujeros era conocida en toda Alejandría (aunque solia prodigarse más por los prostíbulos y durante las celebraciones en honor a Dionisio que incluían orgías escandalosas; aquí en la Biblioteca, su música deletiraría el espíritu, no la carne).  Después tomaría la iniciativa una orquesta de cítaras, instrumento muy apto para el baile, que sería acompañado por sensuales danzas a cargo de bellísimas esclavas entrenadas en estudiadas coreografías ideadas por maestros expertos de diferentes países.  Este número fue especialmente aplaudido por los capitanes fenicios que, ignorando groseramente a los músicos, no cesaban de mirar y sonreír a las hermosas danzarinas.

El turno de la lira comenzó con una demostración didáctica de su historia a cargo del intérprete que mostró a la concurrencia una lira primitiva fabricada según los patrones que marcaba la tradición. la invención de la lira, instrumento nacional griego, era atribuída al dios Hermes, que la descubrió por casualidad haciendo vibrar en un caparazón de tortuga un tendón seco se producía un agradable sonido. Aprovechó entonces dos cuernos de cabra para sujetar el travesaño, donde tensó varias cuerdas para que el sonido resultara variado y armónico. Interpretó una sencilla melodía en aquel instrumento, obra de un divino luthier, pero de tosco sonido. Enseguida cogió la Khitara, mucho más moderna y esbelta y con brazos muchos más largos. La lira, al igual que el arpa, se tocaba con las dos manos y el músico aprovechó sus acordes para recitar un largo poema en honor a Alejandro, sin olvidar hace un guiño a uno de sus generales, el bravo Ptolomeo, tatarabuelo del actual faraón que, al fin y al cabo, era el que llenaba sus bolsillos. Este, desde su lujosa silla, le hizo un gesto de aprobacion.

Por fin, llegó el turno de escuchar  el Hidraulis. El nuevo instrumento, debido al  protegido Ctesibios, había levantado gran expectación. El aparato era grande como una mesa y disponía de teclado. Una gran caja estaba situada en la parte baja donde se sentaba el intérprete y su sonido recordaba el paso del viento por grandes tubos. Su mecanismo era secreto, pero se sabía que funcionaba con agua y aire y que unos misteriosos  pistones, hacían fluir el viento hacia los tubos donde unas llaves se encargaban de regular su flujo. El sonido llegaba a ser atronador y, por momentos, sumamente bello pues el artista realizaba complejos acordes que lograban elevar el espíritu de los presentes hasta casi alcanzar las puertas del Olimpo.

Acabado el concierto los asistentes se retiraron. Algunos fueron a recogerse y descansar a las  habitaciones que la misma biblioteca ponía a su disposición pues al amanecer les esperaban largas sesiones de estudio. Otros tenían una cita en las terrazas de la biblioteca para una sesión estelar. Aquella noche, de luna nueva, la oscuridad del cielo la hacía ideal para estudiar las constelaciones y revisar el catálogo de Eratóstenes de 675 estrellas.  Arquímedes no dudó en aprovechar el momento y discutir con los astrónomos sobre el tamaño del universo que él se habían empeñado en medir, así como la cantidad de granos de arena que cabrían en él. Cuando los astrónomos de la biblioteca le objetaron que no existían números tan grandes para semejante propósito les dejó boquiabiertos al anunciarles que había inventado un nuevo sistema de numeración para las cifras grandes con potencia capaz para manejar su cálculo.
Los capitanes fenicios mientras tanto habían decidido alquilar unos caballos y galopar los 25 km. que separaban Alejandría de Canopus. Los centenares de prostíbulos de aquella ciudad decadente eran conocidos en todo el mediterráneo. En unas dos o tres horas estarían allí y, no debiendo regresar hasta el amanecer, tenían tiempo más que suficiente para conocer las habilidades y delicias de las prostitutas internacionales de aquel puerto del Nilo.

Así, con el fondo de las tenues luces de los palacios de la ciudad al fondo y la viva luz del faro brillando tras el puerto, pasó una noche más. Entre la diversidad de soldados macedónicos, sacerdotes egipcios, aristócratas griegos, marineros fenicios, visitantes de la India, artesanos y comerciantes locales y la vasta población de esclavos; 14000 estudiantes, alojados en residencias regladas, dormían. Al día siguiente volverían a las atestados salones de conferencias, se sentarían en las academias, acudirían a las luminosas salas de lectura e investigación. El trabajo sobre los 600.000 libros archivados exigía una organización y un trabajo ciclópeo; pero aquellos griegos lo habían conseguido. El mayor centro tecnológico de la historia estaba allí, a orillas de aquel puerto mítico con su espectacular faro: una de las siete maravillas del Mundo.


NOTA FINAL: "Ágora", la película de Alejandro Amenábar, me pareció bellísima. Su  personaje, Hipatia, una persona fascinante: sabia y hermosa a la par y, sobre todo, profundamente humana. Porque humano es la búsqueda de la verdad, el ansia por el conocimiento y el placer de descubrirlo  por el camino de la ciencia. Ellos me han inspirado para realizar esta entrada. 
Aquella biblioteca fue el primer y  el más poderoso intento de crear un centro de investigación pluridisciplinar en la Edad Antigua y no ha sido superado hasta nuestra misma Edad Contemporánea ( y salvando las distancias quizás aún no lo sea). Desde el momento en que me dispuse a buscar documentación para sustentar este pequeño relato, mi interés y fascinación por aquel proyecto intelectual no ha parado de crecer. No me extraña que Amenábar se sintiera atraído por esta institución y por sus protagonistas. Hipatia, varios siglos después, seguía encarnando el eterno espíritu de los bibliotecarios de Alejandría, el arquetipo del deseo de conocimiento que subyace en todos los hombres.

Comentarios

  1. Me ha encantado la entrada!
    Me ha sabido a poco aunque está larga....quizá también ha influido el que tenga tiempo para leerla, a veces me desespero cuando la entrada es larga y no tengo tiempo para leerla de un tirón.

    Saludos =)))

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  2. Saludos, Liliana.
    Es una entrada larga; casi un capítulo de una novela. Cuando escribí el artículo acababa de leer varias novelas históricas sobre Alejandría y su biblioteca: "El faro de Alejandría" de Gillian Bradshaw y "La conspiración Piscis". Por eso quise imitar el estilo de estas novelas y redactar un pequeño texto novelado sobre el ambiente que se podía respirar allí. Me documenté en costumbres, conocimientos musicales de la época, etc.
    Me gustó escribirla y me impulsó a conocer todo lo posible de aquella biblioteca. El tema me entusiasma.

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