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La ciencia de Juana

"En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas? 
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?"


Quien vive por vivir sólo 
sin buscar más altos fines, 
de lo viviente se precia, 
de lo racional se exime 
y aun de la vida no goza; 
pues si bien llega a advertirse, 
el que vive lo que sabe, 
solo sabe lo que vive.
(Sor Juana Inés de la Cruz)

La extraordinaria Juana Inés aprendió a leer a escondidas de su madre a los cuatro años, a base de lecciones hurtadas de su hermana mayor y mentiras a su maestra (su madre no la permitía asistir a clases), pero sobre todo a base de una curiosidad y voluntad que ya germinaban en tan tierna edad.

- “Siempre me causa más contento poner riquezas en mi pensamiento, que no mi pensamiento en las riquezas”- decía Juana, ya adulta, como resumen de su actitud ante el conocimiento.


En su adolescencia el pintor J. Sánchez, la describe así en la leyenda del retrato que realiza de su persona:
"VSro. Rto. de Juana Ynés de Asbaje y Ramírez a los 15 años de su edad, qe. habiendo entrado en la Corte del Virrey Dn. Sebastian de Toledo, Marqués de Mancera; fue puesta a prueba su prodigiosa inteligencia, sustentando un examen ante 40 doctores en Teología, Filosofía y humanidades, habiendo salido victoriosa en tan difícil trance. Año de 1666".


En su juventud, y burlando la prohibición para su sexo, intentó acudir a la Universidad disfrazándose de hombre. Era joven Juana, ¡y muy bella!. Poseía  un hermosísimo  pelo negro. Un pelo que se arrancaba a tirones si no lograba aprenden lo que se proponía pues razonaba que era superfluo mantener pelo sobre una cabeza que no era capaz de contener conocimientos. Sus deseos de aprender casaban mal con las costumbres de la época que empujaban a las jóvenes a contraer matrimonio lo antes posible con un  buen partido.  Pero Juana no deseaba casarse  y, para vencer  la poderosa influencia social al respecto optó por meterse monja; así al menos  podría dedicarse al estudio en la tranquilidad que dan los muros del convento. Probó primero con las carmelitas, pero la dureza de la orden le hizo enfermar e ingresó entonces en la Orden de San Jerónimo, de disciplina más relajada. En esta cerrada libertad vivió el resto de su vida estudiando, escribiendo, organizando tertulias y recibiendo visitas en sus amplios aposentos pues disponía de espacios repartidos en dos pisos.   

No son muchos los textos que conservamos con anotaciones científicas, pero fiables personajes de la época la atribuyen profundos conocimientos de lógica, astronomía, matemáticas, lengua, filosofía, mitología, historia, teología, música, pintura y cocina, entre otras.
Es famoso un texto escrito por Juana en respuesta a  las amonestaciones de una tal Sor Filotea de la Cruz (pseudónimo tras el que se escondía Fernández de Sana Cruz, obispo de Puebla). En él defiende Juana el derecho de la mujer al libre uso de la razón y la crítica (toda una vindicación feminista y científica). Apela aquí en el uso del razonamiento y la experiencia como método científico para comprender la realidad.

Juana no inventó ni  realizó experimentos cruciales para la ciencia , pero apelaba vehementemente a la experimentación y la observación y dado el "reducido laboratorio" de que disponía (“filosofía de cocina”, como ella misma dijo) resulta asombrosa en sus conclusiones:

"Pues ¿qué os pudiera contar, Señora, de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? Ver que un huevo se une y fríe en la manteca o aceite y, por contrario, se despedaza en el almíbar; ver que para que el azúcar se conserve fluida basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo u otra fruta agria; ver que la yema y clara de un mismo huevo son tan contrarias, que en los unos, que sirven para el azúcar, sirve cada una por sí y juntas no."

Y Sor Juana relata en otros lugares del texto nuevos experimentos de cocina:
“Estaban en mi presencia dos niñas jugando con un trompo, y apenas yo vi el movimiento y la figura, cuando empecé, con esta mi locura, a considerar el fácil moto de la forma esférica, y cómo duraba el impulso ya impreso e independiente de su causa, pues distante la mano de la niña, que era la causa motiva, bailaba el trompillo; y no contenta con esto, hice traer harina y cernerla para que, en bailando el trompo encima, se conociese si eran círculos perfectos o no los que describía con su movimiento; y hallé que no eran sino unas líneas espirales que iban perdiendo lo circular cuanto se iba remitiendo el impulso”.    
Y así concluye: 

"Por no cansaros con tales frialdades, que sólo refiero por daros entera noticia de mi natural y creo que os causará risa; pero, señora, ¿qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina?”

Un vistazo a su celda nos daría una idea de sus inquietudes: la mejor biblioteca de Nueva España con más de 4.000 volúmenes cuidadosamente seleccionados, instrumentos musicales, mapas, instrumentos de medida...  La pluma en su mano apoyada en el escritorio donde anota sus composiciones, abrecartas, mapas, instrumentos científicos,  pliegos asomando entre los libros con dibujos geométricos sobre el círculo y cálculos numéricos, relojes... Un universo de estudio y de saber.

En esta cárcel era libre. Dentro del monasterio descubría el mundo y, entre poemas de encargo, o versos regalados; estudiaba. Y por ello fue criticada, reprendida y amenazada. Rubricada con sangre dejó constancia de su fe y amor a Dios (quizá un críptico mensaje a sus "fieles servidores masculinos"). Y por dos años calló y no escribió nada. Luego murió contagiada por las fiebres que afligían a sus hermanas. Así acabó su vida "La peor del mundo" como ella se definió. Muy malos hemos de ser todos si se reconocen así las mejores.  

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