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El Teorema del Punto Gordo


Hace ya mucho tiempo, el los años en que estudiaba la carrera de Magisterio, tenía un compañero muy ingenioso que, cuando el profesor de geometría liaba la explicación perdiendo ruta en la pizarra, o se quedaba abstraído intentando explicarse a sí mismo un problema que no entendía ni él, o se le escapaban las bisectrices y las medianas del tablero encerado... exclamaba por lo bajini: "Esto lo arreglaba yo con el Teorema del Punto Gordo".
Y es que el susodicho teorema servía para validar o invalidar a voluntad un montón de axiomas matemáticos y era muy útil para resolver problemas geométricos que se nos antojaban irresolubles:
Para empezar negaba el axioma de que dos rectas paralelas no se cortan en ningún punto (bastaba hacer el punto lo suficientemente gordo para que contactaran a placer), solucionaba el engorro de hacer coincidir las bisecrices, medianas, alturas y mediatrices de un triángulo en el punto respectivo (pues, ovbiando los errores de trazado, las hacía conectar sin problemas) y permitía con su gruesa superficie tomar medidas a a voluntad en los extremos de un segmento (haciendo que coincidieran con la solución pedida).
Este teorema estaba relacionado con el Teorema de la Recta Astuta, cuyo enunciado afirmaba que si una recta debía pasar por varios puntos, y esos puntos no estaban alineados pero deberían estarlo, se hacía la recta más gruesa y entonces ya pasaba por todos. Naturalmente, con esta picaresca de las matemáticas, suspendimos.

No fue el único suspenso determinante en mi vida. Ya, a los 12 años suspendí Latín y Lengua Española (por la ortografía) lo que me empujó definitivamente al área científico tecnológica en mis futuros estudios... Notando cómo mis aficiones viran en la actualidad al mundo de las letras, me parece a mí que fue una equivocación.
Un nuevo suspenso a los 16, esta vez en matemáticas, hizo que tuviera que pasar todo un verano repasando la asignatura desde el principio. Lo que comenzó como una tortura veraniega, acabó con ilusión y gusto: me estaba enterando de todo y empezaba a comprender la belleza de una disciplina con un potencial extraordinario y una poesía inesperada.

A partir de entonces supe que las matemáticas siempre se explicaban. Podía no entender alguna cosa, pero sabía que existía una razón y, tarde o temprano, daría con ella. Sigo teniendo problemas con las operaciones automáticas, pero me fascinan las relaciones numéricas, la trigonometría, el álgebra... cuando se empiezan a comprender se llega a admirar su precisión, su lógica, su bella arquitectura.

Tarde, pero a tiempo, entendí que Pitágoras y su escuela filosófica considerara a los números el "arjé" (el principio constitutivo) de las cosas. Comprendí la soledad de los números primos. Admiré la belleza de la Sucesión de Fibonacci. Celebré la genial ocurrencia de Eratóstenes de medir la longitud de la circunferencia terrestre con la única ayuda de un palo. Descubrí que la armonía y el ritmo musical tenía su base en las relaciones matemáticas. Fui capaz de leer la partitura de la danza de los planetas gracias a las fórmulas de Kepler. Aprendí a medir alturas inalcanzables mediante el Teorema de Thales... El Universo entero se rige por leyes matemáticas.

Desde entonces me sentí incluido del selecto grupo capaz de encontrar sentido a esta aparente contradicción: "Sólo existen 10 clases de personas: las que saben binario y las que no".  Me hice miembro de la secta p. Me entró el gusanillo de resolver acertijos, juegos de lógica, problemas curiosos...

Y ahora soy profesor. Imparto matemáticas muchas veces. Me gusta explicar a los niños de 1º de primaria el sistema de numeración decimal. Invento un cuento sobre algún hombre prehistórico que espera de avanzadilla la llegada de los Mamuts y ha de contar luego a la tribu cuántos animales ha visto para organizar la caza. Lleva la cuenta con los dedos ¡pero cuando son muchos se le acaban!... Intento llegar así a que comprendan el valor posicional en números con cifras plurales. Más adelante les enseño a contar 12 con los dedos de una mano como, probablemente hicieron los babilónicos. Al llegar a ESO les explico cómo los agrimesores egipcios construían un triángulo rectángulo perfecto una simple cuerda y sin ningún instrumento más. Intento llenar su cabeza con anécdotas curiosas, con sorprendentes revelaciones y pongo en sus manos regletas, canicas, palillos, metros de papel (gacias  IKEA, por tu colaboración), construyo TANGRANs, aprovecho CDs inservibles y galletas redondas para fraccionar... Procuro que toquen, midan, cuenten, agrupen, clasifiquen, sientan... Les animo a reutilizar papeles para hacer reglas de un solo borde, ángulos, escuadras en papel, ángulos diversos, compases, figuras geométricas (dodecaedros modulares incluso)... Me encantaría diseñar algún día el taller de matemáticas de "hilo y papel"; creo que podríamos llegar a trabajar conceptos teóricos complejísimos.

Actualmente me encuentro con una alumna, Raquel, que pese a su gran imaginación odia las matemáticas. Es asidua practicante del Teorema del Punto Gordo. Yo siento una rabia increíble porque, en el escaso tiempo de que dispongo, no puedo inyectarle las dosis suficientes de amor por esta disciplina. Muchos niños odian las mates. La culpa es nuestra. Que Dios nos perdone.

Comentarios

  1. Me encanta todo lo que dices que haces para que los niños aprendan y no odien las matemáticas, es cierto, tiene mucho que ver el maestro.
    Felicidades porque se nota tu entusiasmo y dedicación!!

    Saludos =))))

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